La envidia: cuando el alma se compara en lugar de mirarse

La envidia no siempre es odio.
A veces es dolor.
Es ver en otra persona algo que deseas, algo que aún no tienes, algo que no has podido construir…
y en lugar de mirarlo con conciencia, se convierte en incomodidad.
Espiritualmente, la envidia no nace de la abundancia.
Nace de la desconexión.
Cuando alguien está en paz consigo, no necesita compararse.
No necesita competir.
No necesita reducir a otros para sentirse suficiente.
La envidia aparece cuando:
olvidamos nuestro propio valor
medimos nuestra vida con la de otros
creemos que lo que otro tiene nos quita algo a nosotros
Pero la verdad es otra.
Lo que es para ti, no se pierde porque alguien más lo tenga.
Tu camino no se retrasa porque otro avance.
Cada proceso es único.
Cada alma tiene su ritmo.
La envidia no te hace mala persona.
Te muestra una herida.
Una parte de ti que necesita atención, no juicio.
Una parte que quizás se ha sentido insuficiente, ignorada o desconectada.
El trabajo espiritual no es negar la envidia.
Es reconocerla y transformarla.
Preguntarte con honestidad: — ¿Qué parte de mí se siente menos?
— ¿Qué deseo no estoy atendiendo?
— ¿Qué necesito construir en mi propia vida?
Cuando haces ese trabajo interno, la envidia deja de ser veneno…
y se convierte en dirección.
Dejas de mirar hacia afuera con incomodidad
y empiezas a mirarte hacia adentro con verdad.
Y desde ahí, algo cambia.
Porque cuando te reconectas contigo,
ya no necesitas apagar la luz de nadie para sentir la tuya.
— Siempre Bruja Verde 🌿

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